En cierta ocasión, siendo yo un niño, mi tío nos llevó a mi prima y a mí a una finca en la que pacían despreocupados una docena de corderos. Nos apoyamos en uno de los antiguos muros de piedra que segmentan los pastos en Galicia y estuvimos observando un rato a los animales mientras correteaban felices bajo el sol tibio de la primavera. Entonces mi tío señaló a uno de ellos y comentó: âFijáos, chicos, ése es el nuestroâ. Mi prima, que en aquella época tendría unos nueve o diez años, le preguntó emocionada si iban a adoptar un corderito...
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